Por Daniel Quiroga Plazas.
Más de cien candidatos, firmas compradas, consultas de cartón y tres meses sin ideas. ¿A eso le llamamos campaña presidencial?
Hubo un tiempo en que los debates presidenciales eran un acontecimiento nacional. Los politólogos los vivíamos como una final de fútbol: cuadernos en mano, anticipando argumentos, leyendo la preparación de cada candidato en su postura y su tono. Pero no éramos los únicos. En el transporte público, en los restaurantes, en las oficinas, la gente también estaba pendiente. Se comentaban las propuestas, se discutían las ideas, se evaluaban los proyectos de país. La política era un asunto compartido, un espacio donde el argumento todavía tenía valor.
Hoy la gente no quiere discutir propuestas: quiere pelear desde sus trincheras. No evalúa ideas, defiende identidades. Los argumentos desaparecieron. Solo quedan visiones que se proclaman y adversarios que se descalifican.
Esta campaña lo confirmó. El proceso arrancó como un show de firmas, varias recolectadas por empresas especializadas. Varias de las consultas que siguieron, fueron ejercicios de reposición de votos disfrazados de democracia interna y no ejercicios reales de la escogencia de un candidato.
Los tres meses de campaña formal se consumieron en titulares sensacionalistas y clips de redes diseñados para el scroll, no para el debate. Las redes sociales no están construidas para el contraste de ideas sino para permanecer dentro de una cámara de eco. El algoritmo te muestra lo que ya crees, amplifica lo que ya sientes y penaliza la diversidad de opiniones. En ese ecosistema, para muchos candidatos, debatir es visto como una desventaja. El otro no es un interlocutor: es un enemigo. Y como no hay argumento que valga contra un enemigo, la política se reduce a señalar y vociferar. La polarización no es un efecto secundario del sistema. Es el producto.
Varios eligieron el titular provocador sobre la política pública explicada. Evitaron entrevistas que pudieran incomodarlos, esquivaron foros donde tuvieran que responder en tiempo real y le negaron al ciudadano el escrutinio que la democracia exige de quienes aspiran a gobernar a 52 millones de personas.
Eso no es prudencia estratégica, es falta de respeto al elector. Los ciudadanos llegamos a estas elecciones sin conocer los programas de gobierno con la profundidad que merecemos. No porque seamos incapaces de entenderlas, sino porque nadie nos lo presentó. Los candidatos eligieron el meme sobre la propuesta. Eligieron el ataque sobre la alternativa. Y algunos medios, atrapados en la misma lógica del clic, los siguieron.
Como politólogo, me preocupa lo que perdimos. Perdimos la oportunidad de que Colombia tuviera una conversación seria sobre el modelo de desarrollo, sobre la paz, sobre la relación del Estado con los territorios, sobre el sistema de salud, sobre la situación fiscal o sobre la transición energética. Esas conversaciones no ocurrieron en foros o en debates estructurados, en ningún espacio donde las ideas se pudieran comparar con rigor.
Un reconocimiento que hay que hacer
Hubo equipos que sí apostaron por programas de gobierno serios, técnicamente fundamentados, con propuestas que se podían leer, cuestionar y comparar. Hubo candidatos que recorrieron el país para dialogar con la ciudadanía y construir en lugar de solo proclamar. A esos equipos los felicito con convicción.
Pero el reconocimiento no es solo para ellos. En medio de esta campaña, la sociedad civil y el sector privado demostraron que sí es posible hacer política de otra manera. Hubo iniciativas que pasaron del diagnóstico a la propuesta, que juntaron actores que antes no se sentaban en la misma mesa, y que pusieron al país por encima de las trincheras. Un ejemplo concreto: el equipo de Consensos por la Salud, que trabajó más de seis meses construyendo los 14 consensos sobre el sistema de salud colombiano. Sin campaña, sin tarima, sin algoritmo. Solo rigor, diálogo y voluntad de construir. Eso también es democracia. Y merece ser nombrado.
Como ciudadano y como demócrata, no quedo contento. No quedo contento de no haber podido oír a los candidatos contrastar sus posturas en tiempo real, con preguntas que los obligaran a pensar y no a recitar.
Pero la democracia no se defiende solo criticando lo que falla. Se defiende participando a pesar de lo que falla. Las democracias no mueren únicamente por los malos gobernantes, mueren también por los buenos ciudadanos que deciden quedarse en casa. La abstención no es neutralidad. Es una decisión con consecuencias, y siempre las paga alguien más.
A pesar de la campaña que nos dieron, hay propuestas, hay candidatos que recorrieron el país, que construyeron equipos, que escribieron programas. Búsquelos, léalos. Encuentre la visión de país que más se parece a la suya, la que más le convenza, la que más le llegue. Y vote por esa. No por la trinchera, no por el odio al otro, sino por convicción propia.
Salga a votar este 31 de mayo.
Vote por lo que le gusta. Vote por la propuesta que más se parece a usted. Porque en una democracia, la única voz que no tiene ningún peso es la que calla.
Los candidatos nos deben un debate. Nosotros le debemos a Colombia nuestra participación. Cobremos nuestra deuda primero.





